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Marzo 11, 2014

Ana, una Maestra Inolvidable

Escrito en: Gente nuestra

Carlos Melgá. Escribo estas líneas con un dolor contenido, con la rabia de saber que esta sociedad no aprende de los errores, y con la tristeza de que personas como mi compañera y amiga Ana Isabel González, maestra y amante de los niños, tienen que irse de este mundo sin un por qué.

No estaba enferma, no era una mujer triste, no tuvo la mala suerte de morir víctima del azar… Le segaron la vida porque lo decidió alguien a quien ella apreciaba. Hay personas en este mundo que creen que sus parejas forman parte de su propiedad, que les pertenecen sí o sí.

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Ana, la mujer de la eterna sonrisa, era un ser especial.

Adoraba vivir, disfrutaba de su profesión, no se hundía aún cuando personas muy cercanas a ella le podían hacer la vida imposible. Tuvo dos años muy difíciles en su centro de trabajo por motivos que no vienen al caso, y jamás negó su sonrisa a nadie. Solo los que vivíamos cerca de ella, sabíamos de la fortaleza y positividad de su carácter.

Era luchadora, creativa, alegre y amiga de sus amigos. Soportó una relación de pareja por el amor que siempre sintió por un desgraciado que se mal acostumbró a vivir a costa de ella.

Lo dio todo por él, lo amó, lo cuidó, le pagó gastos que ni por asomo le correspondían, le abrió sus puertas aún cuando no lo merecía, y terminó en sus manos como siempre había sido: confiada del mundo y de las personas. Nunca pudo imaginar que el hombre que convivió con ella podía arrebatarle la vida simplemente porque dijo basta, porque estaba cansada de una relación que no llegaba a ninguna parte. Me confesó que estaba ilusionada, que tenía que coger el último tren que la vida le ponía en su camino y no la dejaron subirse. Siento desprecio, profundo desprecio por el hombre que no es hombre, por la justicia que ampara al verdugo y no a la víctima, por una sociedad demasiado acostumbrada a los sinsabores de quienes nos gobiernan, por su insensibilidad ante los hechos que ocurren a nuestro alrededor… Y ustedes me dirán: “No te preocupes, el peso de la ley caerá sobre su cabeza”, o algo así como “pobre hombre, perdió la cabeza”.

Ese estado de derecho que nos ampara, le dotará de los medicamentos necesarios para su “supuesta depresión”, le regalará la atención médica necesaria para que recobre su salud mental, lo encarcelará durante ¿Seis? ¿Siete años? Para luego hablarnos de reinserción, porque todo hombre tiene derecho a eximir sus culpas. Para ello le darán todo lo que no tenía si mi querida Ana no vivía con él: una cama, comida caliente, acceso a internet, televisión por cable y lo mejor de todo: dos años de desempleo, para que cuando salga tenga la oportunidad de volver a empezar, a coger su último tren, el mismo que le negó a ella. Eso sí, se llenaran páginas y páginas de violencia de género, cosa que nunca existió, de que el hombre es maltratador porque lo lleva en sus genes, se abrirán las carnes de políticos y asociaciones de mujeres pidiendo que “ni agua” para los divorciados, los malditos hombres con el mismo rostro y forma de andar.

Te maldigo a ti, el hombre que una vez entró en mi casa como pareja de Ana, como el marido modelo que bebía los vientos por ella. Te maldigo y rezo porque tu conciencia tenga que vivir día y noche con la imagen de ella, la peor condena que puede caerte, porque sabes que era bondadosa, una bella persona. El hombre se mide por sus actos, y desgraciadamente tengo que confesar que cada vez quedan menos a mi alrededor.

Me despido de ti, amiga mía, con el consuelo de ver cómo tus alumnos se han volcado en escribirte palabras de despedida y lágrimas de dolor. Plantaste una semilla en un hermoso jardín. Cuando todo florezca, muchos de esos niños y niñas llevarán un mucho de ti y ayudarán a cambiar este mundo que se esfuerza en caerse a pedazos.

Te prometo que seguiré haciendo lo mismo que tú, nuestra preciosa profesión nos permite cambiar el mundo. Porque los ojos de un niño nunca mienten, porque lo que aprenden desde el amor, lo entregarán en el futuro con el mismo amor. Me despido de ti con el consuelo de que al fin estás en tu tierra querida, queriendo pensar que desde arriba, podrás comprobar que la desidia del hombre, la injusticia o la maldad, no van a permitir que podamos olvidarte. Somos muchos los que te queremos. Por siempre….

Descansa en paz Miss Ana.

Carlos Melgá.



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