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Agosto 11, 2009

Los de Tierra Aranda. (Historia de la gente de aquí) VIII

Escrito en: Cultura

8. Ahora hablemos de Mujeres.

Antonio Reis. Aunque los textos latinos son parcos en casi todo lo que no sea la guerra, el asombro ante costumbres que se consideran raras, les hizo escribir algunos leves comentarios que, a pesar de su escasez, nos permiten conocer un poco mejor aquel mundo lejano en el tiempo.

Fotografía: Javier Marqués

Fotografía: Javier Marqués

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Con frecuencia interpretan muy mal lo que ven, al desconocer la idiosincrasia y las costumbres del enemigo. Nos cuentan, por ejemplo, la costumbre que tenían los vaceos, al verse acosados, de formar un cerco con las carretas (palustra) para defenderse dentro de él. Y añaden que aquellos vaceos se vestían de mujeres. Nada más lejos de la realidad: las diferencias de indumentaria entre hombres y mujeres no eran casi perceptibles, además tanto vaceos como arévacos se engalanaban con sus mejores prendas y joyas para el combate, porque durante muchos años se consideraron invencibles y porque para ellos la guerra era un deporte, con estrictas reglas caballerescas. Ante la crueldad romana acabaron pagando con la misma moneda.

Ya hemos visto que tuvieron un sociedad gentilicia y patriarcal, a diferencia de los pueblos de la cornisa cantábrica, de estructura matriarcal. Sin embargo el papel de la mujer era mucho más importante que en otros pueblos coetáneos. Encargada del hogar y de la educación de los hijos poseía una prerrogativa difícil de encontrar fuera de nuestro ámbito geográfico: la de elegir marido. Se sabe cuales eran sus preferencias: invariablemente elegía al más diestro con las armas, al más valiente y al más fuerte, dicho en lenguaje moderno, al más atlético. Para ello sometía a los pretendientes a una serie de pruebas que iban desde la caza a la danza y, a veces, a luchar entre ellos. El triunfador consideraba un privilegio y un favor de los dioses alcanzar la mano de su dama.

En situaciones excepcionales el padre podía tomar la iniciativa, pero ningún hombre llegaba al matrimonio sin una prueba de valor, ni sin pugna entre pretendientes.

Apiano nos cuenta que, estando sitiada Numancia por Mancino, el padre de una muchacha que destacaba por su hermosura y cuya mano se disputaban dos rivales, se la ofreció al primero de ellos que le entregara la mano cortada de un romano.
Temperamentalmente aquellas señoras admiran por su energía. Si exigían valor a los hombres ellas, en ocasiones, demostraban que no se arredraban ante nada. Salustio nos dejó un relato sobrecogedor, ocurrido en una ciudad de la Celtiberia cuyo nombre omitió, entorno al año 90 antes de Cristo. Ante la certeza de que se acercaba a ellos Pompeyo con un potente ejercito, los ancianos aconsejaron la paz, pensando que era lo más prudente. Las mujeres no aceptaron y, empuñando las armas, desde los puntos más altos de la ciudad increpaban a los hombres diciéndoles que, puesto que se disponían la patria, las mujeres y la libertad, se prepararan también a parir, amamantar y vivir como mujeres. Ante tales diatribas los jóvenes, contraviniendo las órdenes del senado, empuñaron las armas y defendieron su ciudad.

Antonio Reis.



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