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Febrero 12, 2009

Teatro inestable, sentido, vivido.

Escrito en: Cultura, Opinión

Actuación de La Zaranda

Actuación de La Zaranda

El cedazo de la sabiduría. La criba que va dejando que lo importante salga. Los pequeños orificios permiten que el contenido se permita enseñarse. Lo dejan enseñarse.

El teatro es doble obra de arte: escritura y representación; permite que los actores re-creen lo que se ha manchado en el papel. Y hay algunos intérpretes que consiguen que aquello que era devenga en esto que es. Y lo que es permanece, nos hace suyos, nos llega, nos interesa y nos enseña.

La Zaranda es el cedazo, la criba. La Zaranda lleva ya treinta años dando la murga por esos pueblos en los que los cómicos de la legua son aún bien recibidos. Son uno de los grupos más reconocidos internacionalmente, viajan y actúan sin parar, sin pararse, porque eso supondría la canonización, y ellos son el Teatro Inestable de Andalucía la Baja. Pero son de minorías. O les han obligado a serlo, simplemente porque no acuden todos los que son, que deberíamos ser todos, la sociedad en pleno, y sólo aquellos que logran evadirse de la pereza existencial y cómoda acuden en masa (bueno, pequeña masa, masita, vaya) al teatro.

Los actores de la Zaranda son tres. Dominan el espacio escénico a la perfección, suyo y propio es el lenguaje gestual, su dicción, carrasposa y andaluza, provoca en el espectador la sensación de haber viajado a unos siglos mal nombrados áureos, hoy reconocidos miserables, en tanto y tan poco. Tan como ahora.

Paco de la Zaranda dirige y coloca, diseña y realiza, sin aspavientos, sin grandes gestos, sin moderneces ni esnobismos. Unas sillas de ruedas, unos muñecos de madera, cuatro telas y un megáfono. Además, tres actores. Tres perfectos representantes de una especie. Hombres. Personas, vale.

En esta ocasión, el acontecimiento se titula Futuros difuntos. Los locos son el eje de la acción. Mas, como sabemos, el loco es cuerdo, según la perspectiva, y más si carece de contraste. Así que conformémonos con mirarlos a ellos. El regente (¡el regente, amo y esclavos, colonizador y colonizados!) ha muerto, ¡viva el regente! Pero no hay más. Ellos. Parece ser que tendrán que ser ellos, una vez más, los que hagan las veces de. Simulan una guerra, simulan la traición, la vergüenza, la inquina, la mezquindad, la doblez. Simulan ser políticos y militares y conquistadores y dominadores y demagogos y ya me estoy repitiendo. Muchas de estas palabras (¿todas?) redundan en el mismo concepto.

Miré los muros de la patria mía. Recuerdo de la muerte todo. Muerte en vida, agotamiento vital, decepción, nostalgia de unos tiempos que sólo existen en nuestra imaginación. Renuncia, en fin, a costa del intento, de la ambición de ser, de vivir. Ya no es la carrera de la edad lo que nos ha vencido, sino la incapacidad de soñar, de desear, de querer. Somos locos que vivimos en un mundo rodeado de muros, que no somos capaces de saltar porque ni siquiera los percibimos ya, puesto que hemos sido nosotros mismos los que los hemos levantado.

Los bufones de Velázquez, Calabacillas y compañía, nos van guiando, mediante un lenguaje alucinado de puro lúcido, mediante su enseñanza de trabalenguas, dichos y proverbios, por la historia de un país. ¿Quién dice que sea éste? ¿Sólo por la mediocridad y el vano orgullo? No, hombre, no. Recorremos una historia, una sólo. Fusilamientos, guerras civiles, camisa blanca ondeando al viento, un instante antes de ser mancillada por la sangre. Sabíamos que los sueños de la razón engendraban monstruos. Pero ya no recordábamos dónde estaban. Los futuros difuntos presentan sus carnes como ofrenda, como tributo del arte. Nosotros aplaudimos, reflexionamos, soñamos, existimos un poco más gracias a ellos.

Die Fackel

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