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Mayo 13, 2020

Un Español en Alemania: en busca del paraíso

Escrito en: Gente nuestra

José Mateos Mariscal

José Mateos Mariscal

Jose Mateos Mariscal. Cuando emigras se sabe que se va, pero no se vuelve; se pierde a la familia. Es triste ser emigrante y no poder volver.

Plaza Viriato, Zamora

Plaza Viriato, Zamora

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Nosotros éramos los más inquietos y los que menos conformes estábamos con tolerar el amargo presente en España. Desahucio tras desahucio, precariedad, paro de larga duración nos atenazaba.

A pesar de nuestro bajo nivel de instrucción convencional, muchos acabábamos por defendernos con la lengua del lugar de destino y también, aprendíamos la técnica de manejo de máquinas más o menos complejas.

Nos adaptamos a medios sociales más bien hostiles y en ciertos casos claramente racistas y xenófobos.

Desde que tuve uso de razón me interesó siempre la Emigración. Yo veía que en España no había porvenir, que estaba uno trabajando para nada y pensaba en un sitio donde se viviera mejor. También hubiera podido irme a Barcelona o a Bilbao, pero aunque parezca raro, nunca me dio por ahí, decidí Alemania.

Las dos grandes preocupaciones iniciales que tenía como emigrante eran el trabajo y la vivienda, o la vivienda y el trabajo, y también lo son a día de hoy. Para defenderme era necesario aprender algo del idioma a través del método Alemán. Con un tono crítico y teñido de un humor negro envidiable, comienza a ser uno consciente de que el camino emprendido no es precisamente de rosas.

En la despedida, nuestra mejor amiga lloraba, mi mujer también, y mi hijita -que tenía doce años- me decía; papá, vámonos de Zamora, los indigentes viven mejor que nosotros. Mi hijo en aquel entonces tenia ocho años.

Vendimos nuestro coche por mil doscientos euros. Ese era todo el capital que llevaba para irme a un país extranjero.  Pero el mayor capital que llevaba, era el optimismo, mi fe en mi mismo y mi confianza en Dios.

Mi vida se desarrolla lo mismo que la de los animales: comer, dormir, trabajar. Diversiones no hay.

Acostumbrado a los guisos de mi tierra la comida alemana nunca me ha gustado.

Nos damos cuenta de lo que vale nuestra terriña y de la barbaridad que hicimos al salir de ella, pero, por no pasar vergüenza, sufrimos y aguantamos… si no, tan pronto como se llega a ésta, nos volveríamos la mayoría.

Yo después de emigrar he cambiando mucho. Llegué con las costumbres españolas; tertulias con los amigos, paseos con mi mujer y mis hijos por la calle Santa Clara de Zamora. Aquí en cambio, debido a que la sociedad alemana no te admite, me veo obligado a ser mucho más hogareño; comienzo a leer libros y a practicar con el ordenador, cosa que no formaba parte de mis hábitos en mi Zamora natal.

Los emigrantes muchas veces mostramos una imagen de triunfadores, a la que nos une un trabajo seguro en Europa: lo importante es exhibir ante nuestros paisanos los signos externos de nuestra nueva posición social. A lo que nunca hace referencia, es a lo mal que lo pasamos y lo estamos pasando, a las marginaciones que
sufrimos, a la dureza del trabajo que realizamos…

Nuestra capacidad de adaptación a un medio hostil o al menos poco comprensivo, resulta admirable. Medio al que tenemos que enfrentarnos además con prejuicios culturales y racismos que obstaculizaban el alquiler de viviendas, su trato con los nativos, o que simplemente nos relegan a la condición de ciudadanos de última clase.

“Deseo y anhelo continuamente irme a mi casa y ver lucir el día de mi vuelta”.
(Ulises en La Odisea)



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