Por Webmaster | 27 Septiembre, 2009 a las 11:02 - Escrito en Cultura

9. Nuestros Antepasados empiezan su Historia.

Antonio Reis. A finales de la tercera centuria a.c. dos ciudades se disputan la hegemonía del mundo conocido: Cartago y Roma, que representan, además, las dos grandes culturas eternamente en lucha. Cartago es la heredera y depositaria del orientalismo, mientras Roma asumirá la defensa y difusión del clasicismo griego, el occidentalismo. Ninguna de las dos hubiera podido imponerse con sólo sus recursos humanos, por eso, desde el principio de la guerra, recurren a la contratación de ejércitos mercenarios. Una de las regiones preferidas para leva es la Celtiberia, cuyos jinetes causan asombro por su destreza y disciplina. Así entramos en la historia.

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A partir del 218 y hasta el final de la conquista romana de la península, nuestros hombres y nuestras tierras aparecerán documentados años tras año. No entra en mis planes aburrir al lector con datos innecesarios; pero cuando se ha llegado a decir que nuestra comarca no entró en la historia hasta la reconquista, conviene desmentirlo. Veamos algunos datos, sólo referentes a los sesenta años anteriores a las guerras celtibéricas:

218: los celtíberos figuran el ejercito de Aníbal, en Italia.
213: Los celtíberos abandonan el ejercito cartaginés, en protesta por no cobrar los sueldos estipulados.
212: Roma contrata por primera vez tropas en la Celtiberia.
211: Los celtíberos abandonan el ejercito de los Escipiones, pagados por Cartago, pero se mantienen neutrales, para evitar ser tildados de traidores.
209: Un príncipe celtíbero, al frente de 1500 jinetes, combate a las órdenes de Escipión.
208: Asdrúbal en persona hace levas en Celtiberia.
207: Un gran ejército celtíbero se encuentra a las órdenes de cartaginés Hannón. El mismo año Magón recorre la Celtiberia reclutando tropas.

206: Los celtíberos luchan al lado de Magón. El mismo Asdrúbal atraviesa los Pirineos con un ejército de celtíberos.
195: Roma ofrece a los diez mil soldados celtíberos que defienden a los turdetanos doble sueldo por pasarse a su bando.
188-187: Los celtíberos devastan los campos de los aliados de Roma, demandando al invasor más tierras de cultivo.
186: En unión de los lusitanos repiten la misma acción.
182: Los celtíberos consiguen las tierras de cultivo que reclaman.
181: Muchos celtíberos, no poseedores de tierra, se entregan a los romanos.
181-180: Flaco manda talar los campos de la Celtiberia. Parece una provocación estudiada, porque nuestros antepasados consideraban sagrados los bosques.
180: Los celtíberos se comprometen, a cambio de un tratado de paz, a pagar tributo anual a roma, a prestar servicio militar y a no edificar nuevas ciudades ni amurallar las que no tengan ya murallas. A cambio el firmante extranjero, Graco, autoriza la acuñación de monedas. Ciento cinco plazas celtíberas aceptan el acuerdo.
179: El mismo Sempronio Graco, en un intento de obligar a firmar la paz al resto de la región, asola 300 vici (aldeas) y Castella (castillos), consiguiendo la sumisión de 130 ciudades más. El mismo año veinte mil celtíberos ponen sitio a Caravis, aliada de Roma. En estas fechas Roma ya había decidido conquistar la Celtiberia, pero tardaría casi un siglo en someterla totalmente.

Los datos (todos de historiadores romanos) demuestran lo que ya habíamos visto antes: la superpoblación de la zona, la organización coherente del territorio, el prestigio de los jinetes y los caballos, etc.

Antonio Reis.

Por Antonio Reis | 11 Agosto, 2009 a las 20:04 - Escrito en Cultura

8. Ahora hablemos de Mujeres.

Antonio Reis. Aunque los textos latinos son parcos en casi todo lo que no sea la guerra, el asombro ante costumbres que se consideran raras, les hizo escribir algunos leves comentarios que, a pesar de su escasez, nos permiten conocer un poco mejor aquel mundo lejano en el tiempo.

Fotografía: Javier Marqués

Fotografía: Javier Marqués

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Con frecuencia interpretan muy mal lo que ven, al desconocer la idiosincrasia y las costumbres del enemigo. Nos cuentan, por ejemplo, la costumbre que tenían los vaceos, al verse acosados, de formar un cerco con las carretas (palustra) para defenderse dentro de él. Y añaden que aquellos vaceos se vestían de mujeres. Nada más lejos de la realidad: las diferencias de indumentaria entre hombres y mujeres no eran casi perceptibles, además tanto vaceos como arévacos se engalanaban con sus mejores prendas y joyas para el combate, porque durante muchos años se consideraron invencibles y porque para ellos la guerra era un deporte, con estrictas reglas caballerescas. Ante la crueldad romana acabaron pagando con la misma moneda.

Ya hemos visto que tuvieron un sociedad gentilicia y patriarcal, a diferencia de los pueblos de la cornisa cantábrica, de estructura matriarcal. Sin embargo el papel de la mujer era mucho más importante que en otros pueblos coetáneos. Encargada del hogar y de la educación de los hijos poseía una prerrogativa difícil de encontrar fuera de nuestro ámbito geográfico: la de elegir marido. Se sabe cuales eran sus preferencias: invariablemente elegía al más diestro con las armas, al más valiente y al más fuerte, dicho en lenguaje moderno, al más atlético. Para ello sometía a los pretendientes a una serie de pruebas que iban desde la caza a la danza y, a veces, a luchar entre ellos. El triunfador consideraba un privilegio y un favor de los dioses alcanzar la mano de su dama.

En situaciones excepcionales el padre podía tomar la iniciativa, pero ningún hombre llegaba al matrimonio sin una prueba de valor, ni sin pugna entre pretendientes.

Apiano nos cuenta que, estando sitiada Numancia por Mancino, el padre de una muchacha que destacaba por su hermosura y cuya mano se disputaban dos rivales, se la ofreció al primero de ellos que le entregara la mano cortada de un romano.
Temperamentalmente aquellas señoras admiran por su energía. Si exigían valor a los hombres ellas, en ocasiones, demostraban que no se arredraban ante nada. Salustio nos dejó un relato sobrecogedor, ocurrido en una ciudad de la Celtiberia cuyo nombre omitió, entorno al año 90 antes de Cristo. Ante la certeza de que se acercaba a ellos Pompeyo con un potente ejercito, los ancianos aconsejaron la paz, pensando que era lo más prudente. Las mujeres no aceptaron y, empuñando las armas, desde los puntos más altos de la ciudad increpaban a los hombres diciéndoles que, puesto que se disponían la patria, las mujeres y la libertad, se prepararan también a parir, amamantar y vivir como mujeres. Ante tales diatribas los jóvenes, contraviniendo las órdenes del senado, empuñaron las armas y defendieron su ciudad.

Antonio Reis.

Por Antonio Reis | 18 Junio, 2009 a las 9:44 - Escrito en Cultura

7. Palabra de Celtíbero.

Fotografía: J.Marqués

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Antonio Reis. En el capítulo anterior vimos la organización de nuestros primeros antepasados. Intentemos conocerlos mejor.

Por regla general las relaciones entre tribus se limitaban a firmar pactos por los que se comprometían a acoger a los visitantes como a verdaderos huéspedes. La familias se disputaban el honor de tener en su casa al forastero porque, según sus creencias, la hospitalidad propiciaba el favor de los dioses. Jamás, ni aún en guerra entre ellos, se humillaba al emisario de otra tribu. Cuando se denunciaban los pactos se reunían los jefes respectivos y rompían públicamente el documento, si no se llegaba a un acuerdo. La palabra empeñada se mantenía con absoluta fidelidad y, en consecuencia, se fiaban de la palabra ajena. Los romanos se sirvieron con mezquindad de la fe que depositaban los celtíberos en los tratados. Buena parte de las victorias de los invasores no se habrían alcanzado si los indígenas no se hubieran fiado de ellos.

Además de la sólida estructura familiar los primitivos ribereños tenían un fuerte apego a sus tradiciones y a sus dioses. Entre estos debemos destacar a Epona, diosa protectora de la ganadería y representada sobre un caballo. No olvidemos que los caballos de la Celtiberia alcanzaron un merecido prestigio. En las guerras numantinas los cónsules latinos habían utilizado siempre caballos africanos; pero Escipión pide a Yugurta Elefantes, al mismo tiempo que prefiere, por primera vez, los caballos de aquí. Las Matres y las Diulues eran las diosas consideradas de la naturaleza. Entre los dioses masculinos ocupaban la primacía los Lugoves, cuyo culto se extendía por toda la mitad norte peninsular.

Algunas costumbres, transformadas por el tiempo, han perdurado hasta nuestros días. Voy a recordar el relato de apiano sobre la muerte de Viriato, porque la ceremonia de las exequias del lusitano es común a las que dedicaban los celtíberos a sus héroes. Dice así:

“Los lusitanos ofrecieron a su jefe honras casi divinas; primero quemaron el cadáver en una hoguera gigantesca, y con el muchos animales ofrecidos en sacrificio. Mientras las llamas consumían el cuerpo, todo el ejercito, a pie y a caballo, daba vueltas a la pira, como una última revista, entonando cánticos en honor del héroe. Cuando las llamas se apagaron se sentaron todos en el lugar de la hoguera en silencioso luto. Finalmente construyeron un túmulo y doscientos pares de guerreros hicieron un simulacro de combate”.

Este simulacro de combate era una danza guerrera, muy común entre todos los pueblos antiguos de España, que constituía un excelente entrenamiento para la lucha. Las danzas de paloteo, que todavía se ejecutan en Fuentelcesped, Quintana del Pidio, Pinilla Trasmonte, Baños y, hasta medio siglo en Aranda, son reminiscencias celtíberas.

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