Por Antonio Reis | Marzo 10, 2009 - 15:23 pm - Publicado en Cultura

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1.Aquí somos viejos

Antonio Reis. ¿Otra historia de Aranda? ¿Y por qué no? Al fin y al cabo la historia, la disciplina más cambiante de cuan-tas se estudian y también la menos desarrollada, permite siempre un punto de vista diferente. Yo quiero a-portar el mío. Vaya por delante mi reconocimiento a cuantos me han precedido en esta difícil tarea de explicar el pasado. Digo mi reconocimiento, no mi sometimiento, porque para decir lo que otros han dicho, quizás mejor, más vale dejar las cosas como están.

Me propongo hablar de los avatares de la gente, del pueblo, de la Ribera y hablaré para el pueblo, evitando las citas eruditas que hacen fatigosa la lectura y las demostraciones innecesarias. Quién no esté de acuerdo conmigo hará bien, porque la mayor parte del pasado, por no decir todo él, admite diferentes interpretaciones. No voy a polemizar con nadie, pero si quiero dejar claro que cuantas afirmaciones vierta en las páginas que voy a presentar a los lectores, han sido estudiadas y sopesadas, aunque algunas aparezcan en abierta contradicción con lo expuesto con los autores anteriores: es mi turno.

Imaginemos que desde que se estableció la primera familia en la Península Ibérica hasta hoy ha trascurrido únicamente un año. En ese año teórico la historia sólo representaría un día. Los restos humanos más antiguos de la provincia de Burgos tienen la friolera de mas de ochocientos mil años (800.000), mientras que la historia comienza aquí hace apenas dos mil cien, cuando los romanos deciden conquistar la Celtiberia. O sea que en nuestra tierra empieza representa la insignificancia de medio día.

¿Qué podemos saber de antes de ese medio día? Mucho más de lo que a simple vista pudiera parecer: sabemos como vivían, como se organizaban, como eran sus viviendas, lo que comían y lo que bebían, quienes eran sus dioses y hasta como danzaban. Y todo ello gracias a las noticias de los historiadores y geógrafos romanos, a los tratados de paz tras cada guerra, a la arqueología, a la numismática y a los nombres que han llegado hasta nosotros, sobre todo en la toponimia.

Durante casi todo el primer milenio antes e Cristo se instalan en nuestras tierras una serie de pueblos procedentes del centro de Europa, los llamados celtas. El nombre es convencional, nadie sabe todavía como se llamaban ellos a sí mismos. Traen una metalurgia del hierro desarrollada, que les da supremacía militar, y unas costumbres, como la incineración de los cadáveres, que acaban imponiendo a los aborígenes.

¿Por qué vienen? Fundamentalmente por la superpoblación de sus lugares de origen y con frecuencia luchan entre ellos, para quedarse en las zonas elegidas. Aquí, en la Ribera, acabaron quedándose los perendones y más tarde los vaceos, quienes se escindieron en dos ramas, una de las cuales, la de los arévacos se fue hacía el este y tuvo por capital Clunia. El mismo nombre de arévacos explica la escisión, pues significa vaceos del este; es lo mismo que ocurriría después con los godos, que al invadir adoptaron el nombre de visigodos. Esta sencilla explicación hace inútil, por estéril, la eterna controversia sobre si Aranda era ciudad arévaca o vacea, porque en el límite se confundían unos y otros, como miembros de una misma tribu o etnia.

Antonio Reis


Este articulo fue publicado el 10 Marzo 10Europe/Madrid 2009 a las 3:23 pm y esta archivado en Cultura. Puedes suscribirte a los comentarios en el RSS 2.0 feed. Puedes escribir un comentario, o hacer trackback desde tu propia web.

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