Por Antonio Adeliño Vélez | Abril 4, 2018 - 7:51 am - Publicado en Cultura

Convento de Los Valles en Torresandino

Convento de Los Valles en Torresandino

Antonio Adeliño Vélez. Al suroeste de la provincia de Burgos, en el valle del río Esgueva, a la solana de la ladera que le resguarda de los vientos del norte y en el límite del término municipal de Torresandino con Villovela de Esgueva, se encuentran las ruinas del convento carmelitano de Nuestra Señora de Los Valles.

Iglesia gótica

Ruinas del Templo

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Comenzaré diciendo que este artículo está inspirado en un trabajo bastante extenso, realizado por José-Ignacio Sánchez Rivera y David Marcos González, titulado “El convento de los Valles en Torresandino: triste ruina de la presencia mendicante entre el Duero y el Cerrato”, publicado en el número 31 de la revista Biblioteca de Aranda de Duero. Y que al ser yo natural de un pueblo próximo, he visitado varias veces el lugar en cuestión y me ha parecido interesante recordar la historia de un recinto que llegó a ser grande en dimensiones e influencia y acabó abandonado y expoliado.

El origen del convento se halla en una gruta natural que encontramos en el costado norte de la iglesia monacal. En esta cavidad, acondicionada como santuario, se generó un núcleo de eremitas al que con el paso del tiempo y a raíz de la repoblación de las tierras del Duero acaecida durante el siglo X, se le agregó un poblado de aldeanos. El documento más antiguo, aportado por M. J. Martínez, data este lugar en el año 948 y allí se afirma que el monasterio está bajo la advocación de los santos Pedro y Pablo y que se regía por la regla de san Benito.

Unos siglos más tarde, en 1302, se confirma la continuidad de la ocupación religiosa, cuando Fernando IV cede al convento, los impuestos de los ocho vecinos de la aldea. Se desconoce cómo pudo acontecer la desaparición del poblado de Los Valles y permanecer en el lugar sólo el convento, pero el siglo XIV fue muy convulso en el reino de Castilla, con guerras civiles, hambrunas y epidemias de peste que acarrearon despoblación general y abandono de pequeños núcleos habitados. Sólo la presencia de una orden religiosa, pudo garantizar la subsistencia de este enclave.

En 1394 se produce la refundación del recinto como convento carmelita, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Valles y el mecenazgo de Diego Gómez de Avellaneda, Señor de Villovela y Gumiel de Mercado. Comienza en estas fechas, la época de crecimiento y ampliación del convento que tendrá continuidad, con sus altibajos correspondientes, hasta el siglo XIX. Los beneficios espirituales que conllevaban las indulgencias diocesanas y papales concedidas al santuario, propició un movimiento de peregrinación hacia el lugar, desde los pueblos de la comarca y las ciudades de la región. A los ingresos provenientes de de las romerías, se sumaban las donaciones de la nobleza local y comarcal en forma de fundaciones de capellanías o mandas testamentarias. Las rentas provenientes de la explotación agropecuaria de sus tierras, servían para el mantenimiento y sostenimiento del convento y de la comunidad religiosa.

Plano del Convento

Plano del Convento (Click para ampliar)

La vida de los frailes carmelitas trascurre entre la oración que prescribe la regla, la formación académica y religiosa de los novicios, el estudio para mejorar el nivel intelectual de profesores y predicadores, y el trabajo manual en las tierras y viñas del coto redondo (fincas cercanas) del convento y de alguna granja más alejada como La Veguecilla en Royuela de Río Franco. Seguramente contarían los monjes con varios empleados que se ocuparían de las tareas que precisaban mayor dedicación como el pastoreo o la labranza, mientras que la producción vinícola sería exclusiva de los religiosos, pues el convento contaba con lagar y bodega.

Las ruinas que hoy contemplamos en Los Valles, fue hasta el siglo XIX un edificio vivo, y como tal sufrió distintas modificaciones y ampliaciones en el trascurso de tan dilatada historia. La iglesia fue el edificio más importante del complejo arquitectónico. En las paredes que permanecen en pie, se puede apreciar diferentes fábricas, lo que indica distintas fases y épocas constructivas. La gruta originaria o capilla de la Virgen y la primitiva iglesia, dieron paso a un voluminoso templo levantado durante los siglos XV y XVI en estilo gótico. Primero se construyó la nave principal con cabecera y ábside poligonal al que siguen tres espacios abovedados en crucería. Posteriormente se amplía el templo levantando en su fachada sur, dos tramos de nave nuevos con un corredor porticado para proteger la nueva puerta de acceso y resguardar a los peregrinos. Más adelante se añadiría a estos dos tramos, una nueva capilla que en el siglo XVIII se destinará a sacristía. El recinto sacro se completará con la construcción de una espadaña campanario y con la excavación de otra gruta anexa a la inicial, conocida como la capilla del Cristo.

Aunque resulte atípico, la residencia monacal estaba al norte de la iglesia, en una posición más elevada que el templo, pues estamos en la falda de una ladera y entre los planos de las edificaciones, hay desniveles importantes. El claustro, no se cierra hacia el sur para facilitar la entrada de luz solar a las estancias monacales. La diferencia de cotas entre el claustro y la iglesia se soluciona construyendo una escalera anexa a la pared oeste del templo, con una puerta a media altura para entrar en el coro, y otra en la parte baja para acceder a la nave sin tener que acudir hasta la puerta principal.

Al sur de la iglesia existía un patio amplio al que se accede por unas puertas carreteras protegidas por una cubierta para resguardar a los visitantes de las inclemencias del tiempo durante la espera. En la pared este del patio, se hallaban las cuadras, el lagar con su bodega, y pegando a la iglesia, la hospedería en cuyo subsuelo se prolonga la bodega. Fuera del patio estaba el corral para ganado lanar y junto al camino, la fuente principal con el manantial abovedado y el aljibe enlosado.

Todo este complejo arquitectónico se fue a la ruina en el siglo XIX. Su declive comienza en 1808 con la ocupación de las tropas napoleónicas que sin recato alguno, se dedican a saquear y expoliar monasterios y conventos de toda España. Prosigue con los decretos de José I Bonaparte que suprime órdenes monacales a su antojo y conveniencia. Se agrava con el gobierno del trienio liberal (1820-23) que ordena la supresión de congregaciones religiosas y la expulsión de sus miembros. Y sucumbe con la desamortización de Mendizábal (1835-36) que incautó y subastó los bienes del convento carmelitano.

Hoy todavía quedan en pie, algunos restos de lo que fuera una de las piezas arquitectónicas y culturales más valiosas de La Ribera burgalesa. Olvidados a su suerte en pleno descampado, su magnífica iglesia gótica y los edificios anexos, se han ido desmoronando por efecto de las inclemencias del tiempo y el expolio continuado de gentes desaprensivas. Sólo unas pocas paredes, se resisten a sucumbir ante tanto infortunio.


Este articulo fue publicado el 4 Abril 04Europe/Madrid 2018 a las 7:51 am y esta archivado en Cultura. Puedes suscribirte a los comentarios en el RSS 2.0 feed. Puedes escribir un comentario, o hacer trackback desde tu propia web.

2 Comentarios

  1. Abril 4, 2018 @ 3:30 pm


    Artículo bien documentado. Para los habitantes de los pueblos vecinos que visitamos estas ruinas periodicamente, este artículo nos ilumina y nos invita a hacer algo más que qujarnos de su estado. “los amigos del Convento de Torresndino” podían hacer algo más que tener voluntat de arreglar o adecentar alguna zona y a través del Ayuntamiento (que no tiene deudas y tiene superavit cada año) destinar una partida para por lo menos adecentar la zona y convertirla en atracción turística como hacen otros pueblos de la provincia y del resto de España.
    Antonio Adeliño nos ha iluminado y nos ha contado la histroria; ahora entre todos, Ayntamiento, Junta de Castilla y amigos del arte y la cultura deberíamos apoyar una restauración parcial de los accesos, suelo, ect para convertirlo en una atracción turistica.

    Escrito por manuel
  2. Abril 5, 2018 @ 6:12 pm


    El espacio donde se ubican las ruinas del Convento de Sta.María de los Valles es, al parecer, de propiedad privada y, por tanto, el principal escollo para actuar desde fuera en su recuperación, restauración o simplemente la consolidación de los restos arquitectónicos que, como bien se sabe, son objeto de constante expolio y están expuestos a una vertiginosa desaparición.
    El remedio para el futuro inmediato de este enclave histórico está en manos de las Instituciones (local, provincial y regional) y a nadie se le escapa que su puesta en valor supondría una interesante aportación al desarrollo rural, amén de la protección del legado patrimonial.

    Escrito por Jesús Fdez. Chico

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