Por Antonio Adeliño Vélez | Agosto 12, 2014 - 9:26 am - Publicado en Cultura

Recreación Necrópolis de Miraveche

Recreación Necrópolis de Miraveche

Antonio Adeliño Vélez. A un kilómetro escaso del casco urbano de Miraveche en La Bureba burgalesa, junto a un paraje idílico al pie de los montes Obarenses, donde hoy en día pastan en libertad, rebaños de ovejas, cabras, vacas y caballos; se asentaron hace 2.400 años los Autrigones, una tribu prerromana que se dedicaban al pastoreo, la caza, la agricultura y a la defensa de sus tierras a lomo de caballo con lanza y espada.

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Una mirada a nuestras raices

Una mirada a nuestras raices

Las crónicas romanas dan cuenta de la existencia de estas tribus celtíberas, pero no fue hasta 1.914 al realizarse obras en la carretera de Miraveche, cuando se hallaron de forma casual los primeros restos, correspondientes a un ajuar funerario. Excavaciones arqueológicas posteriores dieron como resultado el hallazgo de otros 83 enterramientos que permitieron ahondar en las raíces de la historia y recrear hoy, la vida de aquellos pobladores burebanos.

El viajero que se acerque a la necrópolis, tendrá la sensación de hallarse en un lugar mítico, casi sagrado, y recorrerá el espacio con el mayor respeto, leyendo los siete paneles interpretativos y los tres conjuntos de siluetas a tamaño natural, que explican la vida de los personajes y de los animales que convivían en su entorno.

Los Autrigones se agrupaban en poblados y vivían en casas construidas con madera, adobes y techumbre de paja.

Empleaban útiles de hierro, cerámica, madera, piedra, mimbre y hueso. Hablaban una lengua céltica, e incineraban a sus muertos para después introducir las cenizas en urnas o vasijas funerarias que enterraban junto con un ajuar compuesto de puñales, fíbulas, pulseras, y otras vistosas piezas metálicas.

Recomendamos la visita de esta recreación, instalada en un yacimiento arqueológico. Quienes se acerquen a Briviesca, Miranda de Ebro, Oña o Frías, no pueden dejar de pasar por este espacio singular, enclavado en las faldas de una montaña agreste, con abundante agua para mitigar la sed y descansar, mientras se medita en la fugacidad de la vida y en la idea de trascendencia que movía a nuestros antepasados de hace 2.500 años, a enterrar a sus muertos en necrópolis.


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