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Abril 12, 2018

Aparcamiento inundable

Escrito en: Opinión

Pedro Félix García. Si presientes que podrá llover, coge el paraguas. Pero si además piensas aparcar tu coche en Aranda, cuídate mucho de dónde lo haces.

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Aranda de Duero se ha transformado en una población libre de tráfico rodado. El acceso al centro del casco urbano se encuentra totalmente prohibido a todo tipo de turismos particulares. Únicamente se permite el paso a los titulares de las pocas plazas de garaje existentes y -con limitación de horarios- lógicamente también a los vehículos de reparto.

Esto obliga a la inmensa mayoría de los conductores a tener que aparcar sus coches en las inmediaciones del núcleo central de la población, en plazas que se encuentran reguladas por una Ordenanza especial que obliga a tener que pagar por el tiempo durante el que se las ocupe en días y horas laborables. Si bien el precio es ciertamente muy asequible -1,30 euros por dos horas-, la intranquilidad que genera la preocupación de poder sobrepasar el tiempo permitido si nuestras gestiones se alargan más de lo previsto, hacen que no pocos conductores prefieran dejar sus coches un poco más allá; fuera del perímetro regulado por la ‘ORA’.

Espacios cercanos y gratuitos, habilitados para aparcar sin limitación de horarios, afortunadamente, tampoco faltan en Aranda. Una zona muy usada es la que se encuentra hacia el oeste del Hospital; nos referimos naturalmente al Hospital ‘viejo’; vamos a llamarle así, aunque el tema de Hospital ‘nuevo’ aún está muy verde.
Pues bien, se deja el coche en los alrededores del Hospital ‘viejo’, se cruza luego a pié el puente sobre el Duero, y ya está uno en el centro de Aranda.

En los alrededores del Hospital de los Santos Reyes hay habilitadas plazas de aparcamiento en muy buenas condiciones, pero a veces se llenan, y hay que recurrir entonces a utilizar otras que no están tan en buenas condiciones y, lo peor es que éstas, disimulan muy bien esa particularidad del muy mal estado en que en ciertas circunstancias se encuentran.

En concreto, la campa o solar adyacente al edificio ubicado en la bifurcación existente entre las vías urbanas que conducen a la estación de autobuses por la derecha y a la del ferrocarril -llamada del Montecillo- por la izquierda, acoge cada día a un buen número de vehículos aparcados pero, en la parte contigua al alto y único edificio allí situado, esconde una sorpresiva y traicionera trampa en cuanto caen cuatro gotas.

Vas allí cuando no ha llovido, dejas tu coche, y te marchas a realizar las gestiones que necesitas. Hasta ahí todo bien.

Pero, si mientras se pone a llover, ¡Ay entonces!…
Cuando vuelves a recoger tu coche, lo encuentras en medio de un gran charco que te hace imposible recuperarlo; a menos que te descalces y estés dispuesto a arriesgarte a pisar sobre un suelo que no ves y en el que, cuando menos, aguardan duras y cortantes piedrecillas a tus pies empapados y heladitos.

Quienes son asiduos del lugar ya se lo saben, y nunca dejan allí su vehículo. Pero cae en la trampa quien sólo acude esporádicamente allí a aparcar y no conoce el problema.

¿Solución? Lo mejor -nada caro- sería rellenar con cascajo y piedra molida esa zona del solar. Así no se produciría el charcazo cuando llueve y, además, el edificio contiguo lo agradecería mucho porque se le evitarían esas humedades.

Mientras tanto sugiero que doña Raquel bien podría ordenar a don Máximo -como alcaldesa y responsable de circulación rodada respectivamente- colocar a la entrada del solar una señal con la leyenda: ‘Aparcamiento inundable’.



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