Por Redacción | Marzo 24, 2010 - 8:18 am - Publicado en Cultura

Antonio Adeliño Vélez. Los años que la fiesta de Santiago Apóstol cae en domingo, son año santo compostelano o jacobeo. Miles de peregrinos realizarán el camino hasta Santiago de Compostela a pie, en bicicleta o a caballo, empapándose de cultura, naturaleza y espiritualidad; consiguiendo de esta forma “la compostela”, un documento que acredita haber realizado alguna de la rutas jacobeas por los medios indicados. Otros en vehículo, pero con ánimo de peregrinar, habrán ganado la indulgencia plenaria o habrán cumplido alguna promesa.

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Desde el siglo IX, en que según la tradición, se halló el sepulcro del Apóstol Santiago en “el campo de las estrellas”; Santiago de Compostela se ha convertido junto a Roma y Jerusalén, en uno de los más importantes lugares de peregrinación del mundo cristiano. Y hoy como entonces, millones de peregrinos se embarcan en la secular aventura de llegar hasta la basílica del Apóstol, guiados por la vía láctea.

Son muchas las rutas que llegan a Santiago de Compostela, todas igual de válidas para conseguir los fines del peregrino. Pero es el llamado camino francés, el que más aceptación  tiene entre los caminantes. Entra en España por Navarra y Aragón, atraviesa La Rioja y Castilla y León, y culmina en la capital de Galicia. Motivos turísticos, culturales o religiosos, impulsan a caminantes de todas las edades, clases sociales, raza y religión, a dejar su huella en esta ruta milenaria.

El camino tiene su magia y fascina de tal manera que quienes lo han hollado sentencian “que tiene algo”. Algo que no se define, pero que no deja indiferente al caminante; y añaden también “que el peregrino que empieza, no es el mismo que termina”. Tanto es así, que algunos siguiendo una ancestral costumbre, queman las ropas del viaje en Finisterre, para simbolizar el inicio de una nueva vida.

Es innegable que la ruta jacobea tuvo su importancia en la configuración de Europa al ser un medio de difusión de cultura. El pensamiento, la ciencia y las artes, viajaban por la calzada; se encontraban, se influenciaban y se proyectaban en ambas direcciones, abriendo nuevos horizontes. Pero el camino es sobre todo una fuente de religiosidad y espiritualidad que rezuma de las piedras que a su vera se levantan. Porque en nuestra tierra las piedras hablan, aunque al verbo frío, hemos de añadir el calor de la sonrisa y la alegría en el saludo, sin necesidad de pronunciar una palabra.

Palabras que en muchos casos no serán comprendidas; de ahí la importancia del gesto. He servido en la frontera y conozco las primeras etapas del camino francés en Roncesvalles y Sompot. Los dos lugares son lugares míticos, evocadores de gestas y leyendas. En múltiples ocasiones fui testigo de la alegría del caminante, cuando adivinaba en mi sonrisa, un saludo de bienvenida. Acudían cansados, sudorosos unas veces, empapados otras;  con la pesada carga de sus mochilas y el peso añadido de la incertidumbre que produce la soledad de la agreste y a veces hostil naturaleza pirenaica. En aquella exhalación que las bajas temperaturas o la humedad de la niebla hacían visible, y que precedía al rictus jovial del rostro; aliviaban la pesadez del alma, aligeraban la gravedad del cuerpo, y recobraban nuevos ánimos para reanudar la marcha, a pesar de sus pies cansados.

Este año, cientos de peregrinos llenaran los caminos de nuestra región. No vestirán la indumentaria clásica que recoge la iconografía jacobea: Sombrero de ala ancha, para protegerse del sol; abrigo y esclavina para guarecerse del frío y la lluvia; bordón para apoyo y defensa; calabaza para el agua y el vino; zurrón para guardar alimentos y dineros; calzado recio para el camino, y la concha venera en el frontal del sombrero. Hoy pueden parecernos unos excursionistas más: Con pantalón corto, botas ligeras, mochila a la espalda, bastón de apoyo, y como único distintivo una “vieira” al cuello o colgada estratégicamente en cualquier parte de la indumentaria.

Como en el pasado, la ruta jacobea no debe ser solamente un lugar de paso, han de ser un lugar de encuentro. El peregrino ha de encontrar en el paisaje y paisanaje, el espíritu de quienes antaño erigieron catedrales, edificaron hospitales, levantaron hospederías, construyeron puentes y abrieron rutas; que hoy conservan, mantienen, y restauran, continuando una labor milenaria para bien de quienes compartirán entre nosotros el pan y la sal de la alegría, y encontrarán el calor de la hospitalidad.

Antonio Adeliño Vélez


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