Redacción. De una pequeña aventura nacida en 1998 a uno de los grandes festivales musicales de España. Casi tres décadas después, Sonorama no solo llena escenarios: ha cambiado la relación de Aranda de Duero con la música, el turismo, la economía y consigo misma.
Hay ciudades que organizan festivales.
Hay festivales que llenan ciudades.
Y luego está Sonorama Ribera.
Porque durante cinco días de agosto Aranda de Duero deja de contar el tiempo de la misma manera. Las calles cambian de ritmo, las plazas se llenan de música, los hoteles cuelgan el cartel de completo, los bares multiplican su actividad y miles de personas llegan desde lugares muy distintos para vivir algo que, paradójicamente, solo puede ocurrir aquí.
Se puede explicar Sonorama con cifras. Más de 150 artistas y bandas, decenas de miles de asistentes, cientos de profesionales trabajando, millones de euros de impacto económico.
Pero las cifras no cuentan toda la historia.
Para entender Sonorama hay que caminar por Aranda durante esos días. Hay que cruzarse con alguien que ha venido desde Cádiz y está buscando la Plaza del Trigo. Hay que escuchar a un vecino hablar del ruido y, en la misma conversación, presumir del festival cuando alguien de fuera pregunta de dónde es. Hay que entrar en un bar y descubrir que una mesa está ocupada por clientes que ayer no estaban allí y probablemente mañana tampoco estarán.
Hay que ver cómo una plaza del casco histórico se convierte en escenario.
Y hay que esperar al lunes para comprobar qué queda cuando la música se apaga.
Porque quizá esa sea la verdadera historia de Sonorama: cómo un festival terminó convirtiéndose en parte de la memoria de una ciudad.















